domingo, 29 de mayo de 2016

Mallorca y Menorca, dos perlas en el Mediterráneo (VII)


En el cabo de Fornells existe una pequeña ermita, una de las más sencillas pero conmovedoras que he visto nunca. Podría pasar desapercibida, camuflada entre el roquedal que conforma la loma donde se levanta la Torre del Moro, si no fuera porque el camino que sube hasta ella nos obliga a pasar ante la oquedad.







Lo primero que llama nuestra atención, son unos montoncillos de piedras que se levantan como pequeñas torres ante el desvío que hace el camino. Según parece, dejar una pequeña piedra sobre uno de los montones trae suerte. Más bien creo que es un intento del visitante de dejar su impronta, su recuerdo.
Nos dirigimos a la pequeña cueva que se formó hace millones de años en uno de los movimientos de la Madre Tierra, para encontrarnos con la sencilla muestra de la fe popular que es la pequeña ermita, altar diría yo, dedicado a la Virgen de Lourdes. Traspasamos las mismas verjas que llevan guardando las imágenes desde hace décadas para observar más de cerca el pequeño oratorio.



La principal imagen es, por supuesto, la de Lourdes, pero la acompañan otras de menor tamaño que la gente ha colocado en los diminutos repechos que forma la roca. Flores de plástico, velas, macetas y estampas marianas, completan el el decorado de esta conmovedora capilla.
Es uno de esos rincones que no esperas encontrar en tu camino, pero que te recuerdan que la fe mueve montañas, o como en este caso las llena de emociones.

Sinceramente, no sabía de la existencia de los relojes de sol exentos hasta que vi este maravilloso ejemplo en Fornells. Había visto, supongo que como casi todo el mundo, los que adornan iglesias y fachadas de edificios civiles en muchos lugares del mundo. El que protagoniza este rincón es mucho más complejo y su situación, en el paseo costero de Fornells lo hace aún más espectacular.







Construido con un presupuesto de 400.000 pesetas ( es del año 1988), los materiales de construcción son diversos, como Menorca: piedra de Santanyí, hormigón, acero inoxidable y pintura resistente a la erosión. Rafael Soler, ingeniero que lo construyó, ha demostrado su conocimiento y su entusiasmo en varios relojes de las formas más variadas y sorprendentes en toda la geografía balear y en muchos lugares de España.



Es imposible no verlo, porque se halla en pleno paseo que lleva al puerto, y casi hay que esquivarlo para poder continuar. Pero no hagamos eso. Debemos detenernos y disfrutar de la obra de Soler, delicada y exacta. El gnomon nos regala una estampa de signos zodiacales, las líneas de los solsticios y las de los equinoccios, las líneas horarias y las meridianas...y nos recuerda, sobre todo que "Sol ómnibus lucet", es decir " El sol brilla para todos".

Faro de Faváritx
El único parque natural de Menorca, muy, muy cerca de Maó, esconde maravillosos paisajes agrícolas y caseríos, restos arqueológicos y lo que nos ocupa en este rincón, un paraje natural espectacular. El cabo que lo alberga, está socavado por una laguna interior que es todo exuberancia y naturaleza viva, por eso, al llegar a la punta donde se ubica el faro quedamos sorprendidos por el cambio de escenario.

Aquí se mastica la soledad sobrecogedora, el sol brilla sobre un suelo de pizarra casi negro y la sensación de aislamiento es casi insoportable.
Si no fuera por la cercanía del mar, podríamos pensar que estamos en otro planeta, en otro universo. Pero no, estamos en lo que se ha dado en llamar el finisterre menorquín, el final de la tierra balear. Caminamos por el sendero que de repente desaparece al entrar al recinto del faro y nos vemos obligados a seguir por la piedra ardiente que conforma el peñasco donde se levanta el complejo.






Vemos el faro desde todos los ángulos, intentando imaginar cómo sería la vida del torrero, que haría con su tiempo, con su vida, con sus ilusiones. También pensamos en la importancia de su trabajo, en las vidas que habrá salvado a lo largo del tiempo, en las almas agradecidas que pudieron seguir viviendo cuando el enfurecido mar se vio privado de sus cuerpos gracias a la luz que provenía de la costa.
Lo mejor que podemos hacer para acabar la visita, es sentarnos frente al mar, respirar su aire y de vez en cuando mirar al faro, que con su blanca estampa contrasta con la negrura salvaje de las rocas que lo protegen del furioso y calmo Mediterráneo
Cala En Tortuga
Desde antes de ir a Menorca, mientras ojeábamos y buscábamos información sobre la isla, ya estaba en nuestros planes visitar esta playa. Su situación, aislada de lo que suele ser el circuito habitual de visitas playeras y la belleza de su entorno, nos hicieron incluirla rápidamente en nuestro plan de viaje.

Llegar no es nada difícil, ya que sólo debemos estacionar nuestro coche en un pequeño terreno bien señalizado junto a la carretera y andar por un sendero hasta llegar al paraíso hecho playa. Debemos pasar por un trecho de camino de caballos, que discurre entre matorrales y sube y baja por pequeñas lomas, pero al final de estos 15 minutos de camino nos espera la recompensa.



Desde arriba podemos ver en todo su esplendor esta parte del Àrea Natural d’Especial Interès de s’Albufera des Grau.
Precisamente el verde de esa albufera donde viven patos, chorlitos y miriadas de pequeñas aves, contrasta con el amarillo casi dorado de las dunas que preceden a la playa y que hacen de la zona un lugar único.


Descendemos por la rampa habilitada y guardada por barandillas de madera para tocar por fin la arena de la playa, dejamos nuestras cosas y antes de bañarnos nos dedicamos a explorar el lugar. Subimos hasta el pequeño acantilado que delimita la cala por la derecha, y aparte de las espectaculares vistas que podéis ver en las fotos, descubrimos otra pequeña cala, de roca, que se llama Capifort. La transparencia del agua es absoluta y magnética, por lo que tardamos muy poco en volver a bajar a Tortuga y meternos en ella durante largo rato.
La playa estaba prácticamente vacía, por lo que por un tiempo nos hicimos la idea de que habíamos descubierto un edén para nosotros solos. No fue así, porque empezó a llegar gente, poca, atraída por el encanto de un lugar único en Menorca.


Son cinco kilómetros lo que mide el largo puerto de Maó, flanqueado por un bello paseo que nos permite una apacible caminata adornada por restaurantes, bares y tiendas donde comprar algún que otro recuerdo de nuestro paso por la ciudad menorquina.



Recomiendo empezar el paseo con una vista casi de pájaro, partiendo desde lo alto, donde se ubica la ciudad. Lleguemos hasta la Iglesia de San Francesc y descendamos al puerto por las escaleras que encontramos justo detrás del templo. Una vez abajo, estaremos en el llamado Moll de Ponent que se convierte, según andamos en el de Llevant.
Precisamente andándolo, nos damos cuenta del porqué es uno de los puertos naturales más importantes del Mediterráneo y la vista de la ciudad, asentada sobre su plataforma rocosa es realmente espectacular.
Observamos la intensa actividad portuaria de comercio, turismo y pesca; a lo lejos divisamos las islas e islotes que salpican las aguas del muelle, como la del Rei a la que llaman "Bloody Island" por haber albergado un hospital inglés hasta hace muy poco.
Pero quizá lo que más llame la atención sea la multitud de bares y restaurantes que atraen con sus ricos aromas a los visitantes que quieren probar las especialidades gastronómicas menorquinas. Edificios de varias plantas rehabilitados y preparados para el turismo, que llevan años brindando lo mejor de Maó.



Cuando lleguemos a Baixamar, veremos una plaza que se abre a nuestra derecha, con unas escalinatas blancas que nos llevan a Ses Voltes, por donde subiremos para volver a caminar por las elevadas calles de Maó.
Un paseo corto pero relajante que nos permite disfrutar de la cara más marítima de la capital menorquina.

Perteneciente a la antigua Iglesia del Carmen, la que tardó casi dos siglos en construirse, el claustro barroco transformado por la desamortización en 1835, albergó la cárcel, los tribunales de justicia y el mercado de verduras y productos de la tierra, aparte de varias terrazas y pequeñas tiendas de recuerdos que se complementan con bares de tapas y restaurantes.


Aquí es fácil encontrar productos tan menorquines como el afamado queso Mahón-Menorca, la carn i xua, la sobrassada o el botifarró, las mermeladas artesanas, la miel y las ensaimadas, los flaons o los robiols.






No podemos olvidarnos del gin, los productos de la piel, como las avarques y la afamada cerámica que tiene en Lladró su máximo exponente.



Tenemos de todo, sólo hay que ir.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Mallorca y Menorca, dos perlas en el Mediterráneo (VI)

Alaior, el pueblo que ama las flores
Son sólo 12 los kilómetros que separan la encantadora Alaior de Maó. Desde lejos puede parecer tan solo un precioso pueblecito de casas blancas, muy juntas, muy encaladas y resplandecientes. Pero basta acercarse hasta él para que acabe por atraernos con su sorprendente historia y arquitectura.




Dominando un montículo que ha sido fundamental a la hora de diseñar el trazado de sus calles y plazas, el devenir de los tiempos ha hecho que sus callejones, sus edificios y jardines sean un verdadero museo al aire libre de arquitectura popular menorquina.
Siguiendo la ruta que nos dicta nuestra intuición caminamos por sus laberínticas y estrechas calles, descubriendo iglesias como Sant Dídac o Santa Eulària, cultos edificios como la Casa Salord, que hoy en día forma parte de las instalaciones de la Universidad de Baleares o las preciosas plazas que nos salen al paso, adornadas con esmero por los vecinos con flores y plantas, limpias y cuidadas como reflejo del alma de Aló.





Trabajadores han sido siempre los habitantes de este pueblo, incansables emprendedores que han dado al mundo exquisiteces como los helados La Menorquina gracias a su potente industria lechera y quesera, pasteleros que de generación en generación han heredado el arte y la creatividad en los dulces.
Cultos y cultivados también, ya que como he dicho forma parte de la Universidad del Archipiélago; histórica, con los yacimientos de la Torre de'en Gaumés, y sobre todo amante de crear, en cuero, maravillosas avarques, cuya calidad es reconocida internacionalmente.
¿ Verdad que desde cerca las cosas se ven de otra manera?

Cala En Porter, el encanto del atardecer
Cala en Porter es el núcleo turístico de Alaior, que no todo va a ser trabajo y estudio.
Desde siempre los alaiorenses han tenido esta cala como lugar de descanso y solaz, y así lo supieron ver los primeros turistas que llegaron a Menorca, que rápidamente vieron las posibilidades que ofrecía la playa.




Hoy, alberga una creciente aunque controlada urbanización vacacional que señorea sobre la enorme lengua de agua que penetra entre los acantilados, permitiendo que los visitantes se refresquen tras disfrutar de un estupendo día de sol y relax.
La cala es realmente preciosa, sobre todo a la hora del atardecer,cuando adquiere unos colores fascinantes. En la parte trasera, la afluencia de agua dulce ha creado unos humedales donde habitan abundantes aves, insectos y otros animalillos propios de estos ecosistemas.



A lo lejos se puede vislumbrar la espectacular Cova d’en Xoroi, hoy en día una discoteca con vistas panorámicas espectaculares y, en el pasado, según cuenta la leyenda, habitada por un moro que le faltaba una oreja.

Punta Nati es soledad, aridez, casi un desierto. Por lo menos eso es lo que parece a primera vista, cuando dejamos atrás Ciutadella y nos alejamos de los caminos más trillados por el turista.


La carretera, indirecta y sinuosa hasta entonces, se convierte en una línea recta que nos lleva hasta un cabo rocoso donde se levanta un solitario e inaccesible faro. De él poco más puedo decir.


Eso sí, por el camino a ambos lados pueden verse las extrañas pero curiosas construcciones en piedra seca que dan cobijo al ganado en los días de frío y mal tiempo. Barraques y ponts, de aspecto oriental con sus pisos superpuestos, levantados con una magistral técnica sin argamasas ni cementos, utilizando una maestría autodidácta con siglos de antigüedad.
Más que el faro, lo que destaca son estas construcciones, que vienen a complementar las rutas talayóticas que ofrece Menorca, con menos siglos, claro, pero casi igual de interesantes. Infinitas paredes de piedra que rodean y delimitan enormes prados secos donde pasta el ganado, tranquilas y señalizadas rutas para ciclistas y corredores, un aire limpio y transparente y sobre todo la vista de un infinito Mediterráneo que acaricia y castiga la isla dándole forma y vida.

No se puede decir que se ha conocido Menorca en su totalidad o casi, sin haber visitado el faro de Cap de Cavalleria. ¿Y por qué digo esto? Muy sencillo, porque para llegar a él hay que pasar afortunadamente por un paisaje rural que condensa la esencia del campo menorquín.
Frondosos montes ondulados formados por pinos y acebuches (sinceramente no me esperaba una isla tan boscosa), prados infinitos salpicados por llocs (caseríos), verjas y barreras que delimitan propiedades y que hay que abrir y cerrar de nuevo (importante) y ovejas que pastan a sus anchas será nuestros compañeros de viaje hasta llegar al faro.
Una vez allí estaremos en un cabo desolado, adornado por manzanilla silvestre y socarells, llenas de espinas en su diminuto tamaño. Pero hay más vida, ya que los humedales que preceden al faro albergan una riqueza de fauna diversa y protegida, sobre todo en Sanitja, el refugio de pescadores que vemos en las fotos, donde flotan pequeñas embarcaciones llamadas llaüts.




Es impactante mantener el silencio y dejar que nuestro espíritu se sobrecoja ante un paisaje agreste y duro, pero que la misma Naturaleza ha dotado de una belleza poco usual.
Al final del camino encontramos la luz del faro, a 90 metros sobre el nivel del mar y con una potencia que llega a los 70 kilómetros. Heredero de las nuras, o fogatas que los fenicios prendían sobre los talaiots para advertir a sus barcos de la proximidad de la costa, el faro sigue cumpliendo esta misión salvadora, ajeno al paso del tiempo, mirando a un horizonte que parce no tener fin.

Con su aspecto italiano, o al menos a mí me lo parece, la torre que se levanta en punta de Fornells no es una construcción medieval, ni siquiera antigua, ya que se construyó a principios del siglo XIX por orden del gobierno inglés, que en esos momentos ocupaba la isla. La idea era edificar un pequeño castillo para proteger la entrada al puerto de Fornells, una ensenada natural con las condiciones ideales para albergar una flotilla de barcos que defendieran el cercano castillo de Sant Antoni y para cargar y descargar mercancías que eran llevadas a tierras inglesas o traídas de ellas para suplir a los habitantes que procedían de la lejana Albión.

La inocencia popular la llamó "del moro" porque le recordaba a las antiguas torres de vigilancia que advertían la legada de los piratas berberiscos. Ésta, formaba parte de una cadena de edificaciones fortificadas que podían comunicarse entre sí mediante el sistema de espejos o por fuego, por lo que una vez que acabó la ocupación británica pasó a manos privadas con el consiguiente abandono y luego comprada por el ayuntamiento de Es Mercadal, que la despojó de su manto militar y la convirtió en un museo sobre la ocupación inglesa y los sistemas defensivos de la isla de Menorca.




Sinceramente, la torre es perfecta en su forma, estado de conservación y situación privilegiada. Vale la pena acercarse hasta la punta de Fornells y subir hasta la cima del cerro para verla de cerca, visitar su interior y/o solazarse ante las espectaculares vistas que ofrece el fiordo que entra muy dentro de costa de Menorca.