martes, 29 de septiembre de 2015

Cataluña (IX)

El castillo junto al mar
No sería exagerado decir que la postal que conforman el castillo de Tamarit, la cuenca del río Gaiá y la pequeña playa que se abre a sus pies son una de las imágenes más conocidas de la hermosa Costa Daurada Catalana. Basta con tomar la carretera que desde Altafulla nos lleva hasta el borde mismo del mar para percatarnos de la belleza sin igual de la que presume la zona y reconocer que esta fortificación que se remonta al siglo XI, parece emerger del mismo mar que la abraza y la hace brillar entre todos los paisajes que salpican nuestro recorrido por Cataluña.




Pero si bien la fortaleza es ahora lugar de celebración de bodas y otros eventos, y forma parte de una propiedad privada, no fue esa su función original, ya que era eslabón fundamental de una cadena de más de cuarenta castillos y torres que repartidos por la zona se encargaban de mantener las costas y el interior a salvo de las rapiñas y los ataques de todo aquel que anhelaba hacerse con las riquezas y las tierras que pertenecían a los señores catalanes por derecho real. Por aquel entonces los piratas berberiscos y otomanos andaban haciendo de las suyas por toda la costa mediterránea, así que no era cuestión de dejarles ninguna puerta abierta. Y de eso se encargaban estas alcazabas.



El de Tamarit, en concreto, perteneció primero al Vizconde de Tarragona, para luego pasar al arzobispado (época en que el castillo tomó su forma actual) e incluso a un magnate americano, que lo remodeló y añadió toques románticos y góticos muy al gusto de la imagen que tenía el Nuevo Mundo de las fortificaciones europeas.

Parece mentira que este último hecho haya salvado al castillo de su destrucción, no sólo por la renovación y embellecimiento que disfrutó, sino que tan sólo con nombrar a su propietario hizo que las brigadas anarquistas que pretendían incendiar su capilla y por alcance al fortín, se retiraran y olvidaran sus destructivas intenciones.


Gracias a este hecho, hoy podemos disfrutar no sólo de la bella estampa del alcázar junto al mar sino también de un paraje que complementa sus servicios con uno de los campings más completos de Cataluña en un entorno único, el de la Playa de Tamarit.

Modernidad versus antigüedad en Torredembarra


Desde siempre, la antigua Torre de Clará, fue una población volcada al mar, y del mar obtuvo las riquezas de una pesca que parecía inagotable y de un intenso comercio que supo aprovechar gracias a la estratégica situación de su estupendo puerto, localizado a sólo 12 kilómetros de Tarragona y 80 de Barcelona.


Pero claro, la llegada del tren y de los nuevos medios de transporte terminaron con esa fabulosa riada de riquezas y con ello la villa se sumió en un letargo que sólo consiguió eliminar de un plumazo la aparición del turismo.

Ese turismo que fue culpable de la desaparición del núcleo medieval y que hoy visita lo poco que queda de él, y se dirige sólo a los hoteles que pueblan la costa.

Aún así, podemos disfrutar de un paseo por este pueblo que fue escenario de una sangrienta batalla durante la Guerra de Sucesión, que jugó un importante papel en la Guerra del Francés y que hoy sólo desea vivir en paz junto al mar.

Aprovechemos esa paz para visitar la estupenda Plaza del Ayuntamiento, que fue patio de armas del Castel Nou, el renacentista palacio que hoy es sede del gobierno de la villa, la maciza iglesia de Sant Pere y la elegante Torre de la Vila, que pertenecía a una antigua muralla y a un castillo ya desaparecidos, de los que aún queda algún paño y que tiene una muy característica y diminuta ventana gótica.




Muy pegada a esa parte antigua que se resiste afortunadamente a desaparecer, encontramos toda la ciudad nueva, nacida en los años 50 del siglo XIX y que no ha parado de crecer, debido a las oleadas migratorias provenientes del sur de España, atraídas por la oferta de trabajo que nacía bajo la protección del turismo de costas que actualmente representa la principal fuente de ingresos de la zona.



Una recomendación: tanto Torredembarra como Altafulla tienen una gastronomía única, variada y sabrosa. No dejemos de probar las especialidades que combinan el mar y la tierra. Para chuparse los dedos.


Y la belleza se hizo piedra
Un pueblo que es una delicia, un lugar en el que cada rincón parece tener una historia propia, un lugar de leyenda y sobre todo de hermosura. Eso es Altafulla.

Visitarla es volver atrás en el tiempo y disfrutar de una villa que aún conserva magníficos ejemplos de la arquitectura medieval, que respira misterio pero también ha sabido engancharse a los tiempos modernos, al siglo XXI.





Si recorremos sus calles en busca de casas señoriales, castillos e iglesias, debemos hacer un alto en esta pequeña plaza que se encuentra frente a otra más amplia y más señorial, la de la Iglesia. Sin embargo desde la de San Martín, que ese es su nombre es desde donde tendremos la visión más espectacular y completa del conjunto que forman el castillo y la Iglesia de Sant Martí.

Como si de un mirador hacia el interior se tratase, desde la sombra de los árboles que la adornan podemos tener una perspectiva única y singular de las dos grandes moles, que juntas, forman un todo como si uno fuera mellizo de la otra.
Mientras estemos aquí, vendrán a nuestro oídos historias misteriosas e inquietantes, como la que cuenta que cada noche, cuando el campanario de la iglesia daba las doce, acudían al terreno donde ahora se levanta la placita para reunirse y dar rienda suelta a toda su sabiduría en la fabricación de hechizos y pócimas e incluso en más de una ocasión llegaron a colarse en las casas en busca de recipientes para sus brebajes. ¡Pobre de aquel que se cruzara con ellas o les intentara quitar un caldero o un cucharón! Quedaban convertidos en sapos y en lagartijas...




Los vecinos buscaron una solución al problema que les tenía aterrados, y decidieron ayudarlas a llevar a cabo su tarea cotidiana. Cuando las brujas volvieron a parecer, encontraron todo preparado para ellas: los calderos llenos y humeantes, los utensilios clasificados y dispuestos y las puertas de las casas abiertas.

Pronto se dieron cuenta de que el lugar al que acudían y sus moradores no tenían nada en su contra, por lo que decidieron preocuparse para siempre de que reinase el amor, la paz y la belleza en el pueblo que tan bien las recibió y que aún sigue celebrando la aparición de las brujas con la Nit de Bruixes.
Y todavía la campana sigue dando las doce....

La perla del tarragonés
Muy cercana al mar y al tiempo pendiente de las huertas y los campos, Altafulla tuvo su época de mayor auge entre los siglos XVII y XVIII, cuando el comercio de productos agrícolas con la creciente América estaba en su apogeo.
Fue en este momento, cuando gracias al dinero que entraba generosamente en las arcas públicas y privadas del pueblo, se decidió restaurar y conservar dos de sus edificios medievales más destacados, la iglesia y el castillo.
Ambos eran y son propiedad de los marqueses de Tamarit, símbolos feudales del siglo XI, y parece que hubieran estado ahí desde siempre, como si hubieran nacido de la misma roca.





Por una parte, el castillo fue tornando su función defensiva original al desaparecer las guerras medievales y las razzias musulmanas, sufriendo ( o disfrutando ) varias remodelaciones y reestructuraciones que le han dado un aire muy romántico, muy de película. Hoy es escenario no de guerras, sino de batallas musicales, ya que periódicamente, el ayuntamiento organiza en los salones del castillo,conciertos de música de cámara con magistrales intérpretes de primer orden.
Por otra parte, la iglesia, que utilizó para erguirse sobre el promontorio los restos de un templo románico anterior, nos muestra un semblante que parece querer imitar al vecino castillo. Interesantísimas son las estaciones de la Pasión que la rodean, la cripta con unas inquietantes estancias funerarias, así como el calendario de conciertos de música sacra.



Alrededor de estos dos lugares se ubicaba el barrio de las brujas, donde estaban situadas la casa de la Xoixeta, de Paula del Sol, de las Bruixetes y otras.
Deliciosa villa de aire medieval adobada por un clima fabuloso, y por supuesto, bajo la protección de las brujas...


El Vendrell, cuna de genios
No es una visita larga, al contrario, apenas nos robará una hora de nuestro tiempo cuando vayamos recorriendo la zona del Baix Penedés. Pero puedo asegurarles que vale la pena.




Con un núcleo histórico muy reducido y encabezado por la Iglesia de Sant Salvador, en torno al cual creció, conforma una localidad con varios puntos interesantes, la mayoría de ellos relacionados con la riqueza que trajo el hecho de ser villa de paso en el camino de Tarragona.

Dejemos el coche en la entrada, junto al río, y demos un pequeño paseo hasta el centro. Allí encontraremos la impresionante mole de la Iglesia de Sant Salvador, un precioso templo barroco del XVIII, donde el genial Pau Casals hizo sus primeros pinitos musicales acariciando el precios órgano que alberga. Igual de imponente es su torre del campanario, que parece gobernar y vigilar el municipio y que está coronada por una curiosa veleta en forma de ángel.

Siguiendo el recorrido, encontramos varias referencias al músico, como la casa donde nació, o la Casa-Museu Pau Casals, que da de frente con el auditorio que lleva su nombre. De genios va la cosa, ya que muy cerca encontramos la casa de Angel Guimerá ( tinerfeño de nacimiento pero de infancia vendrellense) donde pasó sus primeros años de vida el dramaturgo catalán.




Aparte de otras muestras de arquitectura popular y un par de grandes y bien conservadas mansiones burguesas, hay un rincón que llama mucho la atención, como la Plaça des germans Ramón i Vidales con unos murales que recuerdan a los antiguos habitantes de la plaza y otro que refleja la tradición de los castells.
Vale la pena robar esa hora. Desde luego que sí.

La capital del Garraf
Vive por y para el mar, sus paseos, sus playas y su puerto se han desarrollado a partir de aquella villa medieval que aún hoy perdura, magníficamente conservada y que convive perfectamente con la expansión decimonónica, que gracias al comercio y la industria convirtió a las antiguas Vilanova ( favorecida por los privilegios reales) y la más humilde Geltrú en una sola villa que desde siempre ha sabido adelantarse a los tiempos.




Ya tenemos constancia de su modernidad y aperturismo en el siglo XIX, cuando consiguió ser el primer lugar de España donde se instaló una fábrica textil movida por vapor. Este hecho supuso el comienzo de una espectacular edad dorada para la preciosa localidad.

Pero la modernidad, como he dicho no se ha enfrentado a la tradición medieval de Vilanova, muy al contrario, la ha protegido de cualquier elemento que pudiera dañarla. Y eso se nota paseando por sus calles.





Empezando por el Castillo de la Geltrú, mezcla de estilo románico, gótico y renacentista, fruto de las diversas reformas que sufrió a lo largo del tiempo, la Iglesia de la Geltrú con su macizo campanario, o la de Sant Antoni Abad, completamente restaurado tras la Guerra Civil y que presenta un campanario exento de 50 metros realmente espectacular.




Aunque quedan decenas de pequeños tesoros que visitar en la preciosa ciudad, debemos seguir adelante, y no podremos encontrar mejor vía de salida que la hermosa Rambla Principal, eje de la ciudad ochocentista con un exquisito catálogo de edificios del siglo XIX que adornan ambos lados de la amplia y arbolada calle. Casi todos ellos muestran grabada en piedra la fecha de su construcción y representan el mejor testimonio del auge económico de la época.




Vilanova i la Geltrú tiene mucha historia y tradiciones, mucha vida y una inabarcable belleza...
La mula de los chupetes y los reyes gigantes


La Mulassa es una de los más entrañables personajes que se pasean por las calles durante las fiestas mayores de Vilanova. Consiste en una figura sin patas que representa a una mula y que es movida por dos personas que se encuentran escondidas en su interior, lo que le permite bailar y moverse libremente mientras se acompaña de una pequeña banda de músicos.




Tan antigua tradición data del siglo XVI, cuando la ahora mansa mulassa escupía fuego por la boca como si de un dragón se tratara. Hoy en día, los más pequeños entregan sus chupetes a la dócil bestia, después de acordar con sus padres que ya ha llegado el momento de hacerse grandes. El mismo niño se encarga, con la ayuda de su progenitor, de colgarle el xumet a la mula en una redecilla que la cubre. Con ese acto se considera que el niño ha dejado atrás su etapa maternal y está preparado para seguir creciendo y por ello convertirse en adulto.





La historia de los gigantes es un poco diferente.

Son unos supervivientes que datan de 1700, y que tras varios parones debidos a las frecuentes guerras que asolaron la zona, consiguieron mantenerse al menos en el imaginario popular para resurgir con más fuerza aún en 1948, año de la recuperación casi definitiva de estos gigantes que hoy hacen la delicia de grandes y pequeños, con sus bailes y piruetas que parecen casi imposibles de realizar por la altura de las estructuras que portan los miembros de la Colla de Geganters de Vilanova. Y debe ser difícil y dura la tarea de mover al Gegant de la Porra con sus 4,75 metros de altura y casi 110 kilos de peso, o a su pareja la Geganta gran de 4,55 metros y 90 kilos.Me lo pensaría incluso para levantar al Gegantó hereu que "sólo" mide 3,50 metros y pesa 45 kilos.


Ahora tanto los gigantes como la Mulassa gozan de una salud estupenda, y seguirán alegrando las fiestas de Vilanova por muchos, muchos años....