viernes, 20 de marzo de 2015

La Gran Suiza ( y IX)

El sabor suizo en el corazón de Europa

Ubicado en un típico chalet suizo del siglo XVII, el Restaurante La Fromagerie es el lugar que todo el mundo debería visitar para llevarse esa estampa tan suiza que todos tenemos en mente.




La gran casona de montaña con unas vistas maravillosas y rodeada de un silencio total, la estupenda cocina de los Alpes, variada y llena de sabores, la elaboración del queso delante de nuestros ojos, un museo de costumbres y objetos históricos...
Pero vayamos por partes.
Lo primero es el edificio, dividido en dos partes bien diferenciadas. En la planta baja el restaurante, la tienda y la fábrica de queso, en la alta un precioso museo costumbrista.




Todo el local, como la casona, está levantado y decorado al más puro estilo suizo. Maderas, porcelanas, flores, cintas, cencerros... no falta nada para lograr el ambiente más puro del país alpino. El restaurante es muy amplio y realmente acogedor, sobre todo en su parte central, donde junto a la cocina se prepara de manera artesanal el queso típico de Leysin.


Mientras esperamos para sentarnos, podemos ver el proceso de elaboración que se lleva a cabo por la tarde, a partir de las 18:30 y la lleva a cabo por el maestro quesero. Primero calienta durante 30 minutos la mezcla de leche y suero de cardo alpino, para que vayan solidificándose sus componentes. Una vez conseguido, se extrae esa materia granulosa y se le quita todo resto de líquido. Luego se pasa a un molde donde descansará un tiempo determinado, dependiendo de el tipo de queso que se quiera conseguir.






En el local, como en toda la región, se elaboran tres tipos de queso: el Leysin duro o curado, el Leysin semiduro o semicurado y el Serac que es un queso fresco que se consume un par de días después de fabricado y que a diferencia de los otros se coagula con vinagre de vino blanco mezclado con agua. Es muy sabroso si se espolvorea con finas hierbas y un poco de sal.



Ya nos sentamos a la mesa y tenemos que elegir entre una variedad de platos que incluye carnes, pasta, ensaladas, patatas y como no, el omnipresente queso.
Nos decidimos por varios platos que nos aconseja Madeleine Vagniéres, la propietaria del local y que resultaron ser un acierto.




Para abrir boca una aperitivo de Serac con hierbas, para pasar luego a una deliciosa crema de clabaza con nata fresca, continuar con una buena ensalada de lechuga, remolacha, cebollino y patatas, otra con la misma base pero añadiendo semillas de calabaza y girasol, para pasar a los platos fuertes, un exquisito y jugoso entrecot de ternera en su punto con patatas fritas, un plato enorme de patatas a la suiza, es decir fritas y cubiertas de queso fundido para acabar con unos penne alla carbonara suaves y muy sabrosos.








Llegados a este punto era imposible, literalmente, que entrara el postre, así que lo dejamos para otra ocasión.
Para hacer la digestión de tan estupenda pero pesada comida, dimos un paseo por la tienda, donde se vende queso hecho en el mismo local, vajilla suiza de porcelana de Langenthal, recuerdos de madera, caramelos suizos de hierbas hechos por el maestro quesero y salchichas de la región.




Para el final dejamos la visita al precioso museo donde numerosas piezas reproducen la vida en los chalets alpinos y muestra elementos que uno podía encontrar en la época.
Así podemos disfrutar de cerca de una carpintería con todos los instrumentos para trabajar la madera, una sala dedicada a los deportes de montaña como el Bobsleigh, el esquí alpino o el patinaje sobre hielo, otra a las máquinas (lavado, costura, impresión), varios uniformes militares y vestuario campesino, juguetes y la recreación de una casa completa al estilo de los Alpes.
La reciente restauración sacó a la luz la madera original, lo que le da un valor añadido a los objetos que celosamente guarda su propietaria para disfrute de los afortunados clientes de la preciosa Fromagerie. Sin duda un 'must' en la región suiza de Vaud.

Deliciosa fondue...y más.
No es un restaurante fácil de encontrar, ni tiene la virtud de aparecer en las guías de los mejores restaurantes de Lugano. Pero mejor así, porque es la mejor manera de mantener un secreto.




Desde luego que no hubiéramos sabido de su existencia a no ser por el recepcionista del hotel Ibis, que amablemente nos lo recomendó, diciéndonos que era una mezcla entre comida suiza e internacional, pero que sin duda propios y extraños se peleaban por conseguir mesa en un restaurante que se precia de tener una de las mejores fondues de Suiza.
¡Y vaya que si la fama es merecida!. ¡Orgullosos pueden estar de su cocina!.




Aunque quizá deba empezar por el principio, cuando salimos del hotel y nos subimos al coche, con mucha hambre para durante diez minutos conducir por una serpenteante carretera que trepa las colinas de Lugano que es donde se esconde Il Giardino.
Al llegar, una casa de estilo italiano con toques suizos y un gran, cuidado y precioso jardín nos reciben en el calor de la cocina para ofrecernos platos muy suculentos y apetitosos. Como siempre, nos dejamos aconsejar por el camarero. Y muy bien aconsejados.




Teníamos sed, así que para estimular los jugos gástricos nada mejor que una helada y refrescante cerveza suiza.
Al momento empezamos a recibir los platos que habíamos elegido entre una enorme variedad que incluía platos de pescado fresco y ahumado, carnes de ternera y vaca, todo tipo de pasta ( por la proximidad e influencia de Italia) y patatas, ricas carnes a la barbacoa, ensalada de todo tipo que permitían infinitas variaciones y combinaciones, pizzas, raclette, marisco y hasta carne de león marino y....paella! Esta última la vimos pasar y no tenía mala pinta, pero como en casa, la paella en ningún sitio.
Volvemos a la mesa a recibir nuestra comanda.

Empezamos por unos riquísimos Housemade Giant Stuffed Ravioli gigantes caseros rellenos de queso fresco, espinacas y con una estupenda salsa de mantequilla y salvia, continuamos con una exquisita pasta con salsa de brécol, aceitunas negras y gambas, para acabar con el plato fuerte, una contundente y sabrosa fondue con tomate y pimentón donde empapar unos enormes y crujientes pedazos de pan fresco.


Como suele ocurrir en estos festines, no había sitio para más, ni siquiera para un helado, así que nos fuimos al hotel con el estómago lleno y la satisfacción de saber que habíamos comido la mejor fondue de Suiza.

Murallas y castillos
Bellinzona es conocida por sus castillos, creados durante la Alta Edad Media por los italianos para frenar los continuos avances y embistes de la Confederación. La ciudad es tan consciente de la importancia de sus fortificaciones que ha sabido mimarlas y conservarlas, y esto ha hecho que la Unesco la premie declarándolos Patrimonio de la Humanidad.




Pero Bellinzona es más que eso. Es abrirse a nuevos horizontes, aprender del pasado, de las huellas y los vestigios. de los monumentos que ha dejado la larguísima historia de la ciudad, latente en esas fortificaciones pero también en los museos, las iglesias y como no, en las calles de un casco antiguo que nos regala a cada paso un suspiro, un soplo de aquellos tiempos de luchas y conspiraciones.




Las grandes mansiones, las enormes y oscuras iglesias, los patios restaurados y mil veces usados, las fuentes y los monumentos, las torres de rabiosa inspiración italiana, el impresionante ayuntamiento rodeado de casas burguesas, con balcones de hierro y los restos de antiguas posadas y caballerizas.




Y alrededor de ese casco, la pujante arquitectura contemporánea, los enormes jardines de una tierra rica y llena de vida, las montañas que fueron junto con las murallas, freno para los invasores y que ahora son fantásticos miradores que observan como la ciudad se hace más vieja pero sigue alimentándose de la savia de las nuevas generaciones y de los viajeros, que como nosotros, nos acercamos a admirarla.




Bellinzona es todo eso y más.

Y para acabar, los imponentes castillos de Bellinzona
Defendiendo la ciudad




Hay una ruta que recorre las tres impresionantes fortalezas que hacen de Bellinzona una de las capitales mundiales de la arquitectura bélica. Por falta de tiempo, sólo pudimos visitar el de Castelgrande, quizá el más conocido y fotografiado de la ciudad. Su importancia radica en que fue, durante muchos siglos, baluarte estratégico y principal bastión defensivo de la ciudad.




Restaurado entre 1983 y 1989 por el arquitecto tesinés Aurelio Galfetti, era hasta ese entonces simplemente el 'Viejo Castillo', el 'Castillo de Uri' y el 'Castillo de San Miguel', ya que por todos esos nombres era conocido.
Nosotros decidimos visitar al anciano baluarte entrando por las murallas que corren paralelas a una de las vías principales de entrada a la ciudad. Una vez dentro, tras recorrer los muros por la parte superior, encontramos una vista fabulosa de la fortificación, adornada por viñas y una fantástica vista de la ciudad nueva y de la antigua.
Pero quisimos seguir indagando en las entrañas del gigante, entrando y saliendo por pasadizos, visitando mazmorras, subiendo y bajando de torres... Todo era fascinante y diferente, aún siendo tan antiguo como la historia de la ciudad.




Y llegamos al centro, al corazón del castillo que una vez fue la plaza de armas y hoy es un hermoso prado que guarda una construcción convertida en museo histórico, restaurante y en espacio polivalente.


Allí, coincidimos con la celebración de la fundación del castillo y pudimos disfrutar de un riquísimo vino caliente con canela y limón y unas exquisitas castañas asadas.
La última parte de la visita la formaba el recorrido de las murallas torres que miran a la ciudad y el descenso hasta la misma en un ascensor incrustado en la roca y que salva el desnivel totalmente vertical del promontorio donde se asienta Castelgrande.




El castillo es un silencioso y elegante testimonio de la vida cotidiana urbana ya que a los pies de su pared rocosa, en la Piazza del Sole, la gente se reúne, se organizan fiestas y conciertos e incluso se realizan recepciones oficiales e internacionales.
El castillo ya no es viejo...¡está vivo!



Y con este buen sabor de boca nos despedimos de un país precioso, hospitalario y lleno de contrastes. Pero es sólo un hasta pronto....

martes, 17 de marzo de 2015

La Gran Suiza (VIII)

Las herederas de los siglos








La historia de esta zona de la Confederación Helvética está marcada por las grandes rutas militares que usaron germanos y romanos para mover sus tropas y organizar sus conquistas, y por los caminos que vieron pasar miles de carros que contenían las más bastas telas y las sedas más transparentes y hermosas, el grano fruto del trabajo del hombre y las delicadas y frágiles especias que provenían del otro extremo de la tierra y servían para aderezar y conservar los alimentos.




En un principio eran senderos peligrosos, llenos de vándalos y asaltantes, que veían en el pillaje una manera fácil de obtener mercancías que luego revenderían en el mercado negro de las ciudades más alejadas.




La romanización hizo que los caminos se convirtieran en vías empedradas, aumentando la seguridad y la velocidad de los portadores de la mercancía, pero lo que no se podía evitar eran los pasos de montaña. Con la amenaza de congelación persiguiéndoles a cada paso, los mercaderes eran auténticos héroes que debían superar altitudes de hasta 2.000 metros para poder pasar de un valle a otro.




Felizmente para nosotros, hoy, unas fantásticas autopistas panorámicas nos permiten disfrutar donde otros sufrieron y vivir la naturaleza más alpina en todo su esplendor.
Además, estas carreteras trajeron no sólo mas riqueza mercantil, sino turismo de naturaleza, de deportes invernales y últimamente de salud.



Y una curiosidad más: las antiguas vías de comercio vieron una de las mayores migraciones europeas, fundamentales para la formación del Cantón de Graubünden, la de los walser, que provenientes del Ródano se establecieron en la zona pero sin mezclarse con la población existente, para conservar su lengua y tradiciones germánicas.


Si el paseo en coche por la zona es una delicia, imagino cómo será disfrutar de las largas caminatas que ofrece la región. Una maravilla.

El pueblo de las paredes pintadas
Sería imperdonable perder el tiempo en visitar otros lugares de Suiza y no acercarse a Guarda. Es un lugar único que parece salido de la más pura literatura helvética.




Único porque se derrama por una empinada explanada entre prados de montaña y valles de profundos ríos; porque presume de unas preciosas casas de los siglos XVII y XVIII con fachadas embellecidas con dibujos y escritos esgrafiados de los que hablaré en el siguiente rincón; porque sus calles parecen ocultar el siguiente recoveco, las preciosas placitas llenas de flores y fuentes, los grandes graneros y corrales que de lo cuidados que están más parecen casas de burgueses adinerados.



Son muchas más las razones que han hecho de esta localidad de los Grisones un confirmado Monumento Nacional.
La belleza de cada rincón, con los detalles que los habitantes han puesto en cada puerta, en cada ventana, en cada fuente... Podría haberme pasado horas haciendo fotografías sin parar, respirando cada bocanada de aire y de historia, días quizá.






Pero tanta belleza tiene un precio y lo que ha ocurrido en los últimos años, contado por un lugareños con el que entablamos conversación, es que el precio del suelo se ha quintuplicado, con lo que el gobierno cantonal ha tenido que establecer ciertas restricciones en la construcción y delimitar un área para nuevas edificaciones en un intento de no contaminar el aspecto de cuento que tiene Guarda y que le valió el premio Wakker por la preservación del entorno y la herencia arquitectónica.






Para llegar a él hay que desviarse un poco, pero créanme, vale la pena cada kilómetro que hagamos. Les dejo con las fotos...hablan por sí solas.

Los antiguos graffitti...pero con clase.
El bellísimo pueblo alpino de Guarda, es como hemos visto una fuente inagotable de belleza, pero tiene un encanto especial proporcionado por los esgrafiados que decoran la mayoría de sus casas.



Debido a la influencia romana de toda esta zona de los Grisones, Guarda es una de las pocas poblaciones que mantiene en perfecto estado su legado cultural que tiene su origen en los primeros graffitti a los que eran tan aficionados los romanos y que se pueden ver en lugares tan emblemáticos como Pompeya.




Aquí adquieren personalidad propia, ya que todos los escritos están en lengua romanche que tiene consideración de lengua nacional en Suiza y que tiene grandes influencias del latín, del italiano y del alemán.




Los esgrafiados de Guarda son de una belleza especial. Los dibujos son delicados y de trazo fino, y las frases que leemos en las fachadas son pasajes de la Biblia, o hacen referencia a la historia del lugar o de los propietarios de la casa. Algunas veces en tono jocoso, o con temas serios y trascendentes otras. Para que se hagan una idea de lo que es un esgrafiado, les explico: es una técnica decorativa que consiste en hacer incisiones sobre el cuerpo de un objeto ( en este caso de una pared ), en la parte superficial, de manera que quede al descubierto la capa inferior, que es de otro color. Generalmente se usan plantillas para conseguir motivos geométricos de repetición, aunque en el caso de este pueblo, la mayoría de los dibujos se hicieron sin plantilla, más bien como si dibujaran con un punzón sobre las paredes desnudas.




La técnica es realmente asombrosa, y el resultado es muy hermoso.


















Otra razón más para acercarse a este hermoso pueblo de las montañas suizas.

Lugano, el mediterráneo sin mar



Porque cuando llegamos a la ciudad, más parece que hemos cambiado de país, y que estemos en la Italia más elegante, con sus palacios y mansiones que parecen salidos de películas como El Gatopardo, o las palmeras y olivos que podemos encontrar en el sur de la Bota Italiana.Y la gente. También ellos son diferentes al resto de los suizos, incluso a veces creo que se sienten más italianos, sobre todo cuando les invade el sentimiento del Dolce Far Niente, esa ligereza italiana que aquí se encuentra recubierta de un gruesa capa de eficiencia y suiza. Y todo esto viene a raíz de su herencia milanesa, de cuando fue territorio disputado por el Ducado frente a Como. Luego ya fue ocupada por la Confederación Helvética y se integró completamente en el país, aunque siguió acogiendo a los italianos que se huían de la Italia del Risorgimento.




Es una ciudad para callejear sin prisas, empezando por el precioso paseo lacustre que va desde el Monte Bré y el panorámico de San Salvatore, parando a descansar en el maravilloso Parco Cívico, lleno de árboles centenarios y preciosas esculturas, para llegar luego a la catedral de San Lorenzo, a la moderna y 'chic' Vía Nassa o la preciosa iglesia de Santa María degli Angioli. Todo ellos sin perder ni un minuto la increíble vista sobre el Lago de Lugano.




Quien no sea de mucho pasear tiene otra opción que no está nada mal, y es sentarse en la mesa de alguna de las múltiples cafeterías que inundan las piazzas y hacer como todos: comer, charlar y disfrutar delante de un rico capuccino mientras vemos la vida desfilar ante nuestros ojos.













Iglesia de San Rocco
Pequeñita pero muy hermosa




Y es algo muy común a todos los templos que se dedican a este santo, tan humilde y sencillo que su única y mejor compañía es un perro que lame sus heridas causadas por el contagio de lepra mientras se dedicaba a curar a enfermos en Montpellier.




Por eso, no llama la atención demasiado, más bien poco, con su fachada austera y de estilo neo barroco, sencillo, que no tiene nada que ver con las joyas que guarda en su interior.
Pero de eso hablaremos luego, ya que primero quiero que conozcan la leyenda que envuelve a la pequeña iglesia.
Ocurrió que entre 1512 y 1527 una terrible plaga de Peste Negra, de esas tan virulentas y mortales que eran capaces de dejar a la Europa de la época casi despoblada, llegó a Lugano y se cebó con todos sus habitantes. Los que iban mal que bien, escapando de La Guadaña, se reunieron para en un desesperado intento, pedir la intercesión de los santos para parar la epidemia.
En aquella época San Roque o Rocco, era el más indicado para obrar el milagro, así que decidieron edificar un templo en su honor en el lugar que hasta entonces ocupaba el medieval palacio de los Duques de Lugano.
Pero la epidemia fue perdiendo fuerzas y la promesa se olvidó. La casualidad quiso que en 1528 la Peste regresara a por los que se habían escapado por la mediación del santo o por los pocos y escasos cuidados médicos, quién sabe, y a los luganeses les entró esa 'mieditis' aguda de la desesperación.
Así que enfermos como estaban empezaron a construir a toda prisa el templo, no fueran a perder el favor del Santo sanador. Y aunque pusieron todas sus fuerzas y voluntad, no fue hasta finales de siglo que pudieron verla acabada, por falta de mano de obra, por falta de dineros, pero no creo que por falta de fe.
La razón más importante para Lugano era construir una iglesia que, durante la terrible plaga, pudiera servir como hospital para las víctimas de la peste.
Hoy, la iglesia ha pasado la página de su terrible historia y nos regala preciosos frescos sobre la vida del Santo y otras hermosas escenas de la Natividad.
Tan sólo por la leyenda, vale la pena visitarla. Además no hay que desviarse de la ruta turística...

La Madonna del Sasso
La fe mueve montañas



Encaramado, como si tuviera garras de águila o fuera un nido de golondrinas, se encuentra este precioso Santuario que es objeto y meta de peregrinaciones y también de paseos para aquellos que no buscan la paz espiritual de la religión sino la que proporcionan las vistas de que caen a pico sobre un vallecito boscoso y aislado que regala una estampa única en el país de los suizos.




Aunque hay varias maneras de llegar hasta el templo, como son dando un paseo desde la cercana Locarno y subir por la escalinata que se adorna con curiosas estaciones del Vía Crucis o en el funicular que llega hasta Orselina, recomiendo usar el coche, ya que con ello rentabilizamos más el tiempo que vamos a dedicar a visitar el templo.
Su historia es larga, más antigua incluso que el descubrimiento de América, ya que su fundación data de 1480, fecha en que la Virgen tuvo a bien aparecerse a un tal Fray Bartolomeo da Ivrea.




Sin embargo, el santuario monasterio cayó en la desidia del tiempo hasta el siglo XVII, durante el que tuvo que ser reconstruido casi en su totalidad para tener que volver a ser restaurado en los años 20 del pasado siglo.
Legar al corazón del Santuario es recorrer un laberinto de estancias, patios y escaleras, en los que se abren capillas muy interesantes y realmente únicas, como la que nos muestra La última Cena, o una preciosa Piedad en madera del sil XVII.










Y al fin llegamos a la explanada que se abre frente a la Iglesia y que parece el patio de armas de podríamos encontrar en cualquier castillo europeo, con la diferencia que desde aquí se pueden admirar las preciosas vistas de la ciudad de Locarno y del Lago Maggiore.


Pasando las elegantes arcadas del Santuario, entramos en la curiosa iglesia, el corazón del complejo religioso.
Los ojos no saben donde mirar, tal es la profusión de la decoración, la miríada de detalles, de colores y de formas con los que está engalanado el templo. Estucos en elegante combinación de azul y blanco, muy al gusto italianizante de la época, frescos con vidas de santos y alusiones a la Virgen y su Anunciación y Tránsito, estatuas en madera de la Madre de Dios, y de la Sagrada Familia y pasando al plano del fervor, multitud de exvotos en preciosa plata o en forma de placas de mármol que expresan agradecimiento por los favores concedidos o en el más humilde bordado de coloridas sedas y algodones.












En su conjunto, el recinto es una maravilla, no sólo por el arte y la devoción que acoge, sino también por las vistas que nos ofrece y sobre todo por su localización y escenografía únicas.

Al más puro estilo italiano
Dominando la preciosa y elegante ciudad de Lugano, encontramos su catedral, dedicada al Santo Lorenzo, a media altura de una colina por la que podemos trepar gracias a calles adoquinadas, flanqueadas por pequeños edificios que albergan tiendas y bares de los más variados estilos y formas.



Aunque de origen románico, poco queda de ese estilo, ya que desde su reedificación en el siglo XVI, el templo fue remozado en un aire renacentista que es el que perdura hasta hoy.




Hasta hoy, digo, porque la iglesia está siendo sometida a una febril restauración que poco deja para visitar del interior, apenas alguna capilla y algunos pasillos desde donde poder disfrutar de los maravillosos techos recién acabados y atisbos de cómo quedará cuando concluyan las obras.


Una pena, ya que me hubiera gustado disfrutar un poco de las decenas de frescos que decoran las paredes del templo, o de la pila de piedra en la que se han bautizado todos los habitantes de alcurnia de Lugano y que está decorada con los escudos de la ciudad.
Para la próxima vez será..

El paso de la novena
Claro, es que a 2.478 metros en cualquier época del año, y más en la alpina Suiza tiene que haber nieve, y muuucho frío.



¡Pero no hay problema! Las vistas y el espectáculo que nos ofrece este paso de montaña bien merecen el esfuerzo de bajarnos del coche y dar unos pasos para acercarnos al precipicio para ver la panorámica.




Bueno, he empezado un poco en broma, pero el lugar merece ser tratado muy en serio, ya que realmente este punto de interés que nos hace detenernos cuando llegamos al paso, bien sea en coche, en bicicleta o en ruta de senderismo, debería aparecer en todas las guías que hablen de la bella Helvecia.




El Nufenen Pass es el más alto de los puertos de montaña de la Suiza asfaltada. La carretera que lleva hasta él y que sube y baja serpenteando por toda la cordillera, se construyó para dar servicio a una antigua presa encajada entre montañas a finales de los años 60.




Aprovechando el tirón de la misma, y viendo que constantemente aumentaba el flujo de viajeros que circulaban por el paso de montaña, se levantó un pequeño hotel-restaurante al que se sumaron rápidamente algunas tiendas de regalos y recuerdos alpinos.
Pero por supuesto que no representan en sí una atracción. Y poco consiguen desviar nuestra atención del pequeño lago que parece haber nacido de la unión de la carretera con la montaña, de la cruz de piedra en recuerdo de algunos montañeros desaparecidos y menos aún del paisaje único que nos regala la Naturaleza en este punto.
Muy cerca, al este, nace el río Ticino, mientras que al norte tenemos la vista espectacular de los alpes Berneses, y al sur el increíble glaciar de Gries.


Imágenes de toda la vida.
Porque son las que tenemos grabadas a fuego en la retina, las que nos han acompañado a lo largo de nuestra existencia cada vez que veíamos algo sobre el país de Helvecia. Desde Heidi al Toblerone, pasando por las famosas botas de montaña o las películas de James Bond, todo el paisaje que rodea a la fabulosa montaña forma parte desde siempre de la imagen que tenemos de Suiza.




Pero centrémonos en ella, ya que por su forma y su posición independiente, el Matterhorn o Cervino, dependiendo de si estas en lado suizo o en el italiano, es considerado el epítome de una montaña. Para los suizos no hay montaña más conocida en el mundo, cuya forma natural de pirámide surgió como consecuencia de las enormes tensiones tectónicas entre África y Europa hace 100 millones de años.


Pero más que por su historia geológica, el Cervino es conocido por los logros y las tragedias de las personas que se han atrevido a escalarlo.
Desde 1865 al verano de 2011, nada menos que 500 alpinistas han encontrado la muerte en las laderas del Matterhorn.
Algo que no es de extrañar, debido que aunque el gobierno suiza pide y recomienda encarecidamente que se contrate a un guía, muy frecuentemente los grupos de montañeros van solos, apenas guiados por alguien que ya hizo una vez la ruta y se cree capacitado para guiarlos. Pero a menudo las condiciones climáticas cambian muy rápidamente (caída de temperatura, tormentas), que unido al derretimiento del permafrost ( suelo permanentemente congelado), hacen que cada vez sea más arriesgado llegar hasta la cumbre.
Por eso, prefiero verlo desde abajo, desde donde se alza imponente, o mejor aún con la tableta de Toblerone en la boca.