jueves, 1 de agosto de 2013

Encantadora Bratislava III

Y llegamos al castillo.





La reconstrucción ha sido total. Como el ave fénix que renace de sus cenizas, o sin entrar en la mitología, como un Alcazar de Toledo en tierras eslovacas, el Castillo de Bratislava se erige a 150 metros de altura, sobre una colina, con unas vistas impresionantes de la ciudad. Por poco que nos fijemos se ve perfectamente el contraste entre la parte antigua y la parte moderna de la capital. Del castillo sin embargo, no. Fue reconstruido completamente como podemos ver en el pequeño museo que sobre él se encuentra en una de sus dos únicas salas visitables. En la otra encontramos los restos de la primitiva fortificación y las recuperaciones arqueológicas que se produjeron durante el proceso. El edificio, actualmente es sede de la administración pública.




























Lo que si es interesante es su función como mirador sobre el Danubio y sobre la ciudad, y es una experiencia única bajar por la calle Zidovska, que antaño albergó el barrio judío.
















Los jardines del castillo, que en este momento se encuentran en fase de reconstrucción, ocuparan todo el espacio hasta la muralla y se ha emprendido también la recuperación de los edificios adyacentes.
Si tomamos el camino contrario al que suele seguir el visitante que sube hasta lo alto de la colina del castillo, nuestra visita será, según pude comprobar, más completa. Primero porque tendremos una vista diferente de la ciudad y segundo porque hay varios lugares interesantes que nos saldrán la paso.

El primero es el paso subterráneo que atraviesa la muralla y nos saca del conjunto fortificado del castillo. Este lado de la colina parece estar construido en terrazas, donde vamos encontrando jardines con esculturas, a las que son tan aficionados los eslovacos, y construcciones civiles y religiosas. Hay pequeñas callejuelas que van deslizándose hacia abajo por la colina, enseñándonos la arquitectura moderna y la antigua combinada, en una especie de semidecadencia, como demostrando que la ciudad crece hacia la modernidad y que el nuevo ciudadano quiere integrarse en las nuevas edificaciones de la parte este de la ciudad, hacia donde ésta crece.





Casi abajo encontramos muestras y detalles de la arquitectura de los siglos XVII al XIX que dan un poco de lástima, ya que les hace falta una buena capa de pintura y refuerzo.










Por aquí llegamos a la Catedral de San Martín, pero ya esa es otra joya.

Es curioso, porque no tiene el porte de la típica catedral que esperaríamos de una capital europea, y ni siquiera está en lo que hoy en día se considera como el centro de la ciudad, así que a menos que se haya investigado sobre los atractivos de la ciudad, o se pase cerca de ella al venir del castillo, uno piensa que es una iglesia de relativa importancia pero no el principal templo de Bratislava.



Así que si nos acercamos a ella por la calle peatonal del oeste, junto al café L'Aura, el ambiente de película de terror es inevitable: un jardin reseco, unas farolas con un dudoso diseño neogótico, las lápidas formando parte de las paredes, y una única puerta de entrada, muy disimulada entre la arquitectura del templo por su parte este.
















Entramos y todo cambia, por un lado porque la blancura de las paredes contrasta con la semipenumbra de la iglesia, ambientada con la música del organista que ensaya, la absoluta sensación de paz pero combinada con la pompa que debió exigir la ceremonia de coronación de los 11 reyes de Hungría y 8 reinas eslavas.








Quizá lo que más llame nuestra atención sea las magníficas vidrieras que permiten el paso de la única luz que ilumina el recinto, ya que de resto la iglesia permanece casi en la mayor oscuridad.





Decidimos darnos un respiro y encontramos el Café L'Aura.
¿Como puedo describir este encantador café que parece pegado a la Catedral de San Martín?









Pues puedo hablar de un lugar acogedor e íntimo, donde descansar mientras disfrutamos de la visita de la ciudad. Un lugar que parece hecho de varios pedazos de historia, con muebles de todas las épocas que le dan un ambiente muy agradable.
También podría decir que tienen una gran variedad de cervezas, infusiones y cafés, que vienen muy bien si como en el día de mi visita, hace un frio considerable.
El capuccino que tomé estaba exquisito, y sin decir nada me trajeron el vasito de agua, costumbre que ya se ha perdido en otros lugares.













Es una experiencia enriquecedora, disfrutar de tu bebida mientras tus ojos van de un objeto a otro, de un cuadro al siguiente o de este a aquel mueble, colocados como en el salón de una casa con paredes de piedra.
El servicio es rápido y agradable y los precios no está nada mal. Muy recomendable para hacer una parada en un duro día de viaje.
Una cosita más. No no perdamos al salir el edificio de la farmacia que encontramos enfrente. Me pareció único y diferente a todo lo que había visto..