martes, 23 de agosto de 2016

Irlanda, la fascinante Isla Esmeralda (II)

Poca gente se desvía de la carretera en su camino a Belfast o a Dublín para visitar el pequeño aunque imponente sitio de Monastirboice. Y es una pena, porque el lugar vale cada metro que nos desviemos.
Realmente no se que es lo que más me gustó del lugar, si el cementerio ( a los que soy adicto), pintoresco y pequeño aunque de una fotogenia insuperable, o las históricas cruces que acompañaban a la torre que preside el conjunto. No lo se.

De cualquier manera tomé varias fotos a las tumbas y lápidas para mi colección particular y me dediqué luego a investigar sobre la parte arquitectónica e histórica del lugar.



Al parecer, las dos grandes cruces llamadas St Muiredach Cross y West Cross, se levantan en su sitio desde hace nada menos que once siglos, mostrando a todo el que quiera ver las escenas de la biblia tal y como hacían tiempo atrás, para explicar el evangelio a la analfabeta población del lugar.
A su lado, la enorme torre redonda, es una de las más altas del país, aunque desgraciadamente hace mucho que perdió su tejado cónico que sí conservan sus hermanas de otros condados.



Del monasterio que da nombre al lugar quedan algunas estancias que han podido conservarse y restaurarse y que dan una idea de cómo pudo haber sido el conjunto cuando se edificó allá por el siglo XIV, aunque hay pruebas de que la torre ya existía desde finales del siglo X y que se utilizó como tesoro y campanario.




De cualquier manera, repito que vale la pena visitar el sitio para admirar no sólo la belleza incalculable de las cruces, sino para disfrutar la paz y la tranquilidad que un día debieron buscar los monjes de Monastirboice.

Y nos vamos al Ulster.

En pleno centro de Belfast, capital de Irlanda del Norte, encontramos este fabuloso edificio que quiere mantener vivo en la memoria el recuerdo de la antigua gloria del Imperio Británico.
Sólo debemos dirigirnos a Donegall Square, una enorme plaza rectangular con preciosos jardines donde los  habitantes de Belfast intentan calentar sus huesos al sol, y desde la que irradian las principales calles de la ciudad, para encontrar la joya de la que les hablo, el impresionante City Hall.
No es antiguo, ya que se levantó en 1906 ( aunque en estilo barroco, creo que para dar impresión de más edad y para permitirse la licencia de hacerlo en grandes dimensiones), y la cúpula de 53 metros que lo corona le da una elegancia propia de un edificio que lo que busca es impactar y dar esa idea de poder atemporal. Ya desde su frente nos recibe la longeva Reina Victoria, sentada en lo alto de un pedestal mostrando toda su majestad y poderío. Para reforzar esa idea de solemnidad, una serie de estatuas de personajes ilustres rodean el edificio, como si se tratara de un ejército de poderosos e impasibles soldados de la historia.




Pero quizá lo más atractivo esté dentro, así que crucemos libremente las enormes puertas de entrada y miremos por encima de nuestras cabezas. El más fino mármol italiano cubre cada centímetro de suelos, paredes y techos. La escalera, iluminada por vidrieras que cuentan la historia de la ciudad son sencillamente impresionantes y de una elegancia única.


No pudimos visitar el maravilloso Council Chamber ni el resto del edificio porque íbamos muy mal de tiempo y no podíamos esperar a la siguiente visita gratuita ( única manera de visitar el interior).
Para el que sí lo tenga recomiendo realizar una de las 5 que se realizan por la mañana y después del almuerzo. Seguro que vale la pena.

Cuando los normandos invadieron las costas de Belfast en el siglo XII, pensaron que se trataba de un pequeño asentamiento sin apenas importancia, pero nada más alejado de la realidad, ya que desde la Edad de Bronce, el lugar había estado habitado ininterrumpidamente. Y no es de extrañar, porque parece que Belfast fuera un pedazo de Inglaterra, con sus enormes y elegantes edificios, su agitada vida cultural y su pujante economía, enclavado en mitad del campo. El contraste es realmente delicioso, y enamora.

Así, la ciudad ha seguido una linea de crecimiento económico iniciado con la llegada de los hugonotes y que alcanzó su máxima plenitud en el siglo XIX y que ha permitido que luzca señorial, espectacular y con una esencia que ni siquiera los años de agitación y violencia consiguieron frenar.

Y es que sus habitantes son incansables trabajadores que han dado al mundo maravillas como el mítico Titanic entre otros grandes transatlánticos, que se fabricaron en sus astilleros y marcaron un antes y un después en los viajes por mar; pero aparte, la ciudad es famosa por su industria textil especialmente la del lino, en la que se han convertido en auténticos especialistas.

Pero no sólo de trabajo vive el hombre, sino también de la diversión en los pubs al salir de su jornada laboral, de las compras en sus animados y modernos centros comerciales ubicados en preciosas zonas peatonales, de las numerosas propuestas culturales ( festivales de cine, teatro y deportes), del arte en la calle ( Belfast está rebosante de impresionantes graffiti que llenan de colorido cualquier rincón de la ciudad), de los museos y de los restaurantes que proliferan como hongos y convierten a Belfast en un destino turístico cada vez más importante y valorado.


La ciudad es para pasear, eso sin duda. Recorrer las riberas del río Lagan, adentrarse en las callejuelas repletas de pubs y tiendas alternativas, visitar sitios cargados de historia o simplemente sentarse en un banco para sentir el latido de una ciudad que sólo quiere vivir en paz y disfrutar de su propia belleza.

El serpenteante y caudaloso río Lagan, que discurre por la ciudad de Belfast ha sido sin duda el factor determinante de la riqueza de la ciudad. Basta acercarse a sus orillas para ver la zona de los muelles, todavía hoy ocupada en parte por los astilleros que hicieron célebre a Belfast y que aún hoy la mantienen en cabeza en la industria de la construcción de grandes barcos.
A lo largo del río vemos los intentos humanos de domarlo, como el Lagan Weir un dique de cinco compuertas que regulan el flujo y reflujo de las mareas y que forma parte de un ambicioso plan de remodelación de la zona del río para acercarlo a los habitantes de Belfast.
Un gracioso ejemplo es el Big Fish, una escultura con forma de salmón cubierto de cientos de azulejos que narran la historia de la ciudad.

Pero el imán que atrae a todos los visitantes al río es sin duda el Titanic Quarter, con un protagonista indiscutible, el astillero Harland & Wolff, cuna del Titanic. En su parte más visible se levanta el Titanic Belfast, un museo organizado en seis niveles dedicado a la historia del transatlántico más famoso del mundo, desde su construcción a su botadura, acabando en el trágico viaje inaugural de 1912.



Estos astilleros llegaron a dar empleo a mas de 50.000 personas, y aún se conservan dos de las grúas más altas del mundo, Sansón y Goliath con unos 100 metros de altura y 140 de largo.
Como podemos ver, el río Lagan tiene mucho que enseñarnos, pero sobre todo tiene un futuro prometedor.

lunes, 22 de agosto de 2016

Irlanda, la fascinante Isla Esmeralda (I)

Pocos lugares han cautivado mi mente desde pequeño como la verde Irlanda.
Por un lado el misterio de sus castillos y leyendas, por otro la fuerza de su historia y el tesón y resistencia de su gente, y como no, la fascinación por unos paisajes que parecen salidos de la paleta del más alegre de los pintores. Praderas de un verde escandaloso, puertas de mil colores, ocres y musgos que cubren cada anciana piedra, azules infinitos de un mar que no fue nunca barrera para aquellos que tuvieron que dejar tras de sí su hogar para buscar un futuro más prometedor.

Así que nos pusimos en marcha para organizar el viaje, deseosos de ver en vivo todo lo que hasta ese momento aparecía en revistas, cine y televisión. 
Lo primero que hicimos fue consultar la maravillosa página de turismo de Irlanda www.ireland.com , llena de ideas, rutas, consejos y mil y un datos que nos sirvieron de muchisima ayuda para planear el viaje y durante nuestro recorrido. Aparte pusieron a nuestra disposición acreditaciones de prensa con las que visitar muchas atracciones de Dublín y una tarjeta de transporte incluido durante los tres días.



Y por supuesto no podía faltar la colaboración siempre amable y dispuesta de la editorial Anaya, que nos regaló dos estupendas guías y un libro para refrescar nuestro inglés. Una maravilla. Más información en: www.anayatouring.com


Contratamos el coche que nos llevaría a dar la vuelta alrededor de la isla, reservamos los B&B, el avión y a esperar el día!!!
Como en el resto del viaje, todo fue perfecto desde el primer día. Llegamos al aeropuerto de Dublin, recogimos maletas, coche y a conducir!!! Nos esperaban 10 días de aventura y casi 4.000 kilómetros por recorrer.

Y qué mejor manera de empezar que con uno de los iconos de la la Isla Esmeralda: sus castillos.
El de Trim puede que no sea tan espectacular como algunos que veremos más adelante, ni por su arquitectura, su emplazamiento o su entorno, pero si que merece una visita tranquila y sosegada por su importancia histórica y por ser el castillo normando más grande de Irlanda.

Emplazado en el corazón del Valle del Boyne, un paraíso pequeño y fértil muy cercano a Dublín, donde han ocurrido acontecimientos vitales y fundamentales para la historia de la isla desde hace 5.000 años, el castillo de Trim nos recibe a las mismas puertas de la encantadora localidad del mismo nombre, de tal manera que desde lejos ya nos impresiona la mole de piedra que se levanta en un altozano que le permite seguir vigilando el valle como lo hace desde hace casi 850 años.





Tuvimos la suerte de habernos puesto en contacto un mes antes con la OPW ( Office of Public Works) que gestiona la conservación de los monumentos y lugares históricos de Irlanda, y amablemente nos remitieron una tarjeta que nos serviría para entrar de manera gratuita en los casi 100 lugares de interés que en la actualidad se encuentran bajo su cargo. Más información en www.heritageireland.ie

Así que armados con la bendita tarjeta entramos en el recinto del castillo. 










Nos informaron de que en breve habría una visita guiada del castillo ( que de cualquier manera es la única forma de visitar el interior de la torre), y que mientras podríamos andar a nuestras anchas por todo el recinto de lo que en su momento fueron las dependencias del conjunto fortificado. No me cansaré de repetir que en Irlanda la gente es extremadamente amable y si encima les dices que eres de Tenerife se les ilumina la cara y te dicen que ellos o algún familiar han estado en la isla. Así que aparte de informarnos de palabra, el señor de la taquilla nos prestó una guía en español con dibujos sobre la reconstrucción histórica del castillo y la vida diaria en su periodo de esplendor...¡en español!,
Así que caminamos durante unos 30 minutos y poco a poco nos fuimos haciendo una idea global de lo que fue esta fortaleza que se remonta a un año tan lejano como 1173, cuando fue mandada a levantar para proteger el llamado The Pale.







Espectaculares estructuras como el Gran Salón, la torre Barbacana que defendía el acceso al castillo del otro lado del río o la Water Gate por donde se accedía a éste, ya que en su momento el otrora caudaloso Boyne, llegaba hasta las mismas murallas del castillo, y se podía llegar hasta el mar siguiendo su curso.



Llegada la hora de la visita, un guía pelirrojo y muy simpático, con acento claro y fuerte, nos introdujo en el interior del Keep, que es el nombre que se le da al macizo torreón de tres plantas de 21 metros donde residió durante siglos la familia Lacy. Muros gruesos y compactos, portones de madera maciza, laberínticos pasadizos y escaleras, constituyen el sistema defensivo del castillo.





Varias maquetas nos dan una idea de la evolución de la torre en el tiempo, así como múltiples inscripciones en las paredes que cuentan pequeñas historias. Nuestro guía nos llevó a través de la historia mientras recorríamos el castillo y durante toda la visita nos contó las más increíbles anécdotas de su historia y sobre todo de la grabación entre sus paredes de la famosa película de Mel Gibson "Braveheart".





Satisfechos por haber saboreado un pequeño y precioso bocado de la historia de Irlanda nos dirigimos a nuestra siguiente visita, miles de años atrás en el tiempo.

Bueno, pues la idea no era visitar Knowth, sino Newgrange, puesto que habíamos oído hablar mucho de la importancia y belleza del lugar. Pero quiso el destino que el número de visitantes para ese día hubiera llegado a su límite, y que encima la hora de visita del monumento ya había pasado.
Así que en un principio nos resignamos a no visitar ninguno de los yacimientos del conjunto de Brú na Bóinne, pero una vocecita que venía del pasado nos dirigió al precioso centro de visitantes y una vez más, armados con la tarjeta Heritage, nos arriesgamos a visitar Knowth en su última excursión del día.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de estos conjuntos neolíticos se encuentran en terrenos privados, por lo que sólo se puede acceder a ellos desde el centro de visitantes y en unos pequeños autobuses que nos llevan hasta la puerta de cada recinto. 
Una vez nos bajamos de los antiguos vehículos, un guía ( que normalmente forma parte del equipo de investigación o conservación) nos da una extensa e instructiva charla sobre lo que vamos a ver. Primero desde el punto de vista histórico, y luego desde el arquitectónico, llegando a entrar unos cuantos metros dentro del túmulo.




Quizá Knowth no sea el más conocido entre los sitios que forman el conjunto, pero si que es el más importante, ya que las diversas capas que han encontrado los arqueólogos demuestran que estuvo habitado desde el 2.500 antes de Cristo e incluso se construyó un castillo normando en su cima.



Y es que hay sitio suficiente, ya que el túmulo es enorme, con dos corredores de hasta 40 metros de largo y 17 tumbas que lo rodean. Esos corredores reciben la primera y la última luz de los equinoccios, ya que están orientados de manera estratégica para cumplir con los rituales neolíticos de culto solar.
Según vamos rodeando el gigantesco túmulo ( es tan grande que no pude hacer una foto en la que saliera entero) vemos enormes piedras en su base con grabados espirales que según han ido descubriendo podrían ser mapas estelares o algún tipo de calendarios solares para la cosecha.
Para finalizar entramos en el túmulo, apenas unos metros pero que nos dan una idea del tamaño del mismo y luego a la cima, desde donde podíamos ver el valle desde nuestro privilegiado e histórico mirador.






Drogheda me rondaba en la cabeza desde que veía la serie "El Pájaro Espino", ya que era el nombre de una hacienda de grandes dimensiones donde se criaban ovejas en el estado de Nueva Gales del Sur (Australia) Según la historia, sus propietarios eran descendientes de irlandeses que emigraron en busca en un futuro mejor. Así que decidí investigar qué había de interesante en la ciudad, y la verdad es que valió la pena detenernos en ella en nuestro camino a Belfast, puesto que aparte de ser un lugar precioso y cargado de historia muestra orgullosa en su iglesia de St Peter la cabeza de San Oliver Plunkett, arzobispo de Armagh y primado de Irlanda. Pero hablaremos de él un poco más tarde.



El templo se alza imponente en medio de la ciudad, exactamente en West Street, una de las más comerciales y animadas de la ciudad. Desde 1791 que se construyó la primitiva iglesia, los habitantes de Drogheda, ricos comerciantes y emprendedores, no han cesado de agrandarla y embellecerla, al considerarla poco propia de una localidad con una economía tan pujante. Así se añadieron varias capillas y una preciosa sacristía.
Pero todo era poco para los habitantes de Drogheda, que querían un templo lo suficientemente fastuoso para poder albergar la sagrada reliquia. Así que a finales del siglo XIX se añadió una espectacular torre y el baptisterio, y se arrasó prácticamente con toda la edificación primitiva, dotando al templo de un elegante estilo gótico francés, aunque varios elementos de su gloria pasada se incorporaron al nuevo proyecto, como el púlpito, el rosetón y las campanas entre las que se encontraba " La Salamanca".








La iglesia finalmente refulgía como una joya sobre todas las iglesias de Irlanda. Elegante, esbelta, decorada con un gusto exquisito en colores brillantes y finos frescos, sufrió en los años 60 una "remodelación" que la dejó desnuda y vacía, un ataque directo a la belleza del edificio en nombre de las modas de la década.
Afortunadamente en los 90 del siglo pasado se pudo recuperar gran parte de la decoración anterior a ese fulminante desatino y se consiguió que el templo volviera a brillar tal y como lo vemos hoy en día.




Pero para acabar hablemos del mártir Oliver Plunkett, un hombre que dedicó toda su vida al cuidado de los más desfavorecidos, ganándose el odio y desprecio de las clases dirigentes, que veían cómo abandonaba sus deberes religiosos en la iglesia para ayudar a los necesitados. Así que lo acusaron de traición, fue llevado a Londres y sentenciado a muerte en un falso juicio.
Primero fue colgado, luego ahogado, descuartizado y finalmente quemado y sólo gracias a la audacia de unos amigos su cabeza pudo ser salvada antes de que el fuego consumiera el cuerpo.


Así que aparte de disfrutar de la belleza exquisita de este templo, debemos acercarnos al precioso relicario que guarda la cabeza de un hombre bueno, juzgado y condenado tan sólo por hacer el bien.